martes, 19 de agosto de 2014

UNA NIÑA EN MEDIO ORIENTE por ESTELA AIZENBERG




Deja ya de llorar mi pobre niña,
tu desconsuelo lastima y abre heridas
Amanece y el sol quiere abrazarnos
deja que su calor derrita tus espinas.

Piensa en un mañana
en un mundo más seguro
donde la paz florezca
y plasmes tu futuro.

ESTELA AIZENBERG

lunes, 18 de agosto de 2014

UN INSTANTE por GRUPO ASOMBRO de CISSAB




 “Los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean” Eduardo Galeano

Soy Estrella; desde hace más de veinte años,  en días soleados de invierno, me siento frente a lo que fue la casa de Antonio Berni. Durante el verano, cruzo la avenida para protegerme del calor.
Cuando cae el sol, por la barranca, comienza a bajar tranquilo, con su mirada triste, Juanito Laguna; frente a la vidriera de la mejor panadería del barrio, me toma tímidamente con su áspera mano. Juntos, aguardamos.
Los ruidos de la calle se confunden con el cosquilleo casi doloroso, de nuestros estómagos hambrientos.
El aroma dulzón, ácido, que se va filtrando por la puerta entreabierta, acelera nuestra loca ansiedad.
Desde adentro nos mira con una sonrisa cómplice, el pastelero. Delantal y gorro blancos, bigote atrevido y tez morena, nos guiña un ojo.
-         El maná está cerca ¡No llores, bonito!
-         Quiero medialunas, Estrella; calentitas y con almíbar…
Lo tomo en mis brazos, acuno su hambre y como una nadie, dueña de la nada, recibo en mis manos el todo sabroso.
Por un instante, nuestra condición rejodida desaparece.
-         Ya está Juanito, podés volver al cuadro… Y mañana te espero.

GRUPO ASOMBRO de CISSAB
Coordinado por Any Carmona

lunes, 11 de agosto de 2014

MUJER MARIPOSA por ANY CARMONA























Mujer de cabellera áurea y pie de borseguí
Camina firme al viento hacia un presente de luz 
Con cuerpo equilibrista y sueños de nogal
Moldea su raza fuerte sobre rocas de dulzor

Mujer que limpia el légamo de su costilla rota
Con dolor de estirpe amorosa y tesón hecho de pan
Avanza y crece sin inclinar su juicio
Sólo ante ella misma, a su  fragante ser
Cofre de pétalos de rosa
Nido de caricias embrujadas

Mujer del Siglo veintiuno
Crece, muerde, ama, llora
Tiene la mirada transformada en lumbre de rescoldo
Los brazos en zarcillos como vides
Sobre la tumba de su vía crucis
Está en la brecha de su mutación herida
¡Porque es una crisálida convertida en mariposa!

ANY CARMONA





MORDEJAI, MI BUEN AMIGO por NORA MEDBEDIOFF



Mordejai Anielewicz: Comandante de la Organización de Lucha Judía (Żydowska Organizacja Bojowa, en polaco), también conocida como ŻOB, durante el levantamiento del gueto de Varsovia, durante la Segunda Guerra Mundial.


Mordejai, mi recordado amigo.
Extraño nuestras largas charlas sentados en piedras oscuras y frías entibiadas por tus ojos claros, afilados y centelleantes.
Solo, entre cortadas por la llegada de las bestias hitlerianas que buscaban pasajeros para el viaje final.
Cada noche nos despedíamos hasta el día siguiente; entonces tus interminables brazos magros y vacilantes me daban fuerza. El mañana estaba cerca.
No llegaste ¡Qué pena! Hubiera sido bueno seguir en la ruta abierta por vos, con bravura, feroz de libertad.
Mordejai, mi buen amigo, te amé en silencio. Tu figura enhiesta marcó mi camino desde Génova hasta América.
Me transformé en una mujer con mis nietos, que jamás te conocerán, perduraste en mis relatos en el museo de la calle Montevideo. Te llevé de la mano a relatar historias tristes salpicadas de lágrimas de rubí.
Mordejai, mi entrañable modelo ¡Gracias por estar en cada judío salvado, cincelado en la diáspora!

NORA MEDBEDIOFF

AQUELARRE por NORA MEDBEDIOFF




Aquelarre siniestro,
vuela entre misiles y pólvora.
Pirámides con cúspides rojinegras
miran la cara de mil niños asustados.
Un sino sepulcral pregunta mil veces por qué.
Mi alma desnuda de respuestas implora al Creador.
Negros, los pájaros, descienden a la nada.
Negros, los hombres, sellan sus labios.
Las semillas no germinan,
los árboles lloran,
la letanía se agiganta
en mi garganta que gime.
Las hojas del calendario,
húmedas de sangre, corren locas de espanto.
Los ojos del universo
son globos infectos que corroen insectos.
Abro mis brazos,
muerdo el vacío,
niego la razón que la guerra no comprende.
Dentro mío, oigo sirenas insondables.
Tapo mis oídos y lloro.
Lloro


NORA MEDBEDIOFF

jueves, 31 de julio de 2014

LA SOPA por ELENA RUBINS Y ANY CARMONA


Odiada de niña,
añorada de grande,
perfumada de amor,
sinónimo de madre.
Presente en mis narices
aunque no esté presente.
Símbolo del hogar,
su aroma me persigue.

Sabe a familia.
A ricura humeante
de burbujas calientes.
A panza que cruje y se conciente.
A pan sopado que chorrea.
A mi casa y a la de las abuelas.

Allí donde voy
y todo parece extraño,
las paredes, las calles,
los humanos y sus costumbres.
No pienso en el asado del domingo.
No pienso en quien la hace mejor.
Para mí, la tuya, para él, la de su madre.
Para mi amiga, el sabor inigualable
de la sopa de Mima.

Hoy es la mía.
Un poco de gallina,
otro poco de verdura.
El sol lo da la zanahoria,
el zapallo, su dulzor.
Un picantito en el ajo y
ya está, perdón,
los cabellos de ángel
para completar su perfección.

Los manjares más exóticos,
las mezclas agridulces de hoy,
no reemplazan esta melancolía.
El golpe de la cuchara,
el manchón en la pollera,
el regaño de mi madre:
- ¡Por favor, más cuidado,
ya sos grande, por favor!-

Esa sopa, sopita, sopaza.
Mejunje de brujas y cocinas magas.
Poción inigualable de cacerolas de barro.
De acero inolvidable bruñido a muñeca.
De losa, de hierro o latón.
Hirviendo a borbotones,
el líquido sanador.
¡Sopa grande! ¡Qué grande sos!
Mezcla de toda una cultura.
Lo que soy, lo que fui y lo que seré.

ELENA RUBINS Y ANY CARMONA

viernes, 29 de noviembre de 2013

LAS PALABRAS por JULIO CORTÁZAR

Las Palabras - Conferencia de Julio Cortázar, Madrid (1981)


Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer corno piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas corno monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados. Los que asistimos a reuniones como ésta sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuales son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y ahí están otra vez esta noche, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida tal como la entendemos no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando Pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería más fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se lo siente con fuerza y con la angustia con que a mí me ocurre sentirlo. Una vez más, como en tantas reuniones, coloquios, mesas redondas, tribunales y comisiones, surgen entre nosotros palabras cuya necesaria repetición es prueba de su importancia; pero a la vez se diría que esa reiteración las está como limando, desgastando, apagando. Digo: "libertad" digo: "democracia", y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un clisé sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque ésa es la naturaleza misma del clisé y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo. ¿Con qué derecho digo aquí estas cosas? Con el simple derecho de alguien que ve en el habla el punto más alto que haya escalado el hombre buscando saciar su sed de conocimiento y de comunicación, es decir, de avanzar positivamente en la historia como ente social, y de ahondar como individuo en el contacto con sus semejantes. Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seriamos, como el resto de los animales, mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo del que no siempre nos damos plena cuenta. Ese valor, que deberia ser nuestra fuerza diurna frente a las acometidas de la fuerza nocturna, ese valor que nos mostraría con una máxima claridad el camino frente a los laberintos y las trampas que nos tiende el enemigo, ese valor del habla lo manejamos a veces como quien pone en marcha su automóvil o sube la escalera de su casa, mecánicamente, casi sin pensar, dándolo por sentado y por valido, descontando que la libertad es la libertad y la justicia es la justicia, así tal cual y sin más, como el cigarrillo que ofrecemos o que nos ofrecen. Hoy, en que tanto en España como en muchos países del mundo se juega una vez más el destino de los pueblos frente al resurgimiento de las pulsiones más negativas de la especie, yo siento que no siempre hacemos el esfuerzo necesario para definirnos inequívocamente en el plano de la comunicación verbal, para sentirnos seguros de las bases profundas de nuestras convicciones y de nuestras conductas sociales y políticas. Y eso puede llevarnos en muchos casos sin conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla y donde debemos ganarla. Seguimos dejando que esas palabras que transmiten nuestras consignas, nuestras opciones y nuestras conductas, se desgasten y se fatiguen a fuerza de repetirse dentro de moldes avejentados, de retóricas que inflaman la pasión y la buena voluntad pero que no incitan a la reflexión creadora, al avance en profundidad de la inteligencia, a las tomas de posición que signifiquen un verdadero paso adelante eni la búsqueda de nuestro futuro. Todo esto sería acaso menos grave si frente a nosotros no estuvieran aquellos que, tanto en el plano del idioma como en el de los hechos, intentan todo lo posible para imponernos una concepción de vida, del estado, de la sociedad y del individuo basado en el desprecio elitista, en la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista de un poder omnímodo por todos los medios a su alcance, desde la destrucción física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual.(...)
Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y que en muchas circunstancias les damos nosotros. Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una de ellas desde lo más hondo de nuestro ser. Sólo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, sólo así serán nuestros y solamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre máquinas que lavan las ropas y la vajilla, que le devuelven el brillo y la pureza para su mejor uso. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar, y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia; con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan. Sólo así lograremos que el futuro responda a nuestra esperanza y a nuestra acción, porque la historia es el hombre y se hace a su imagen y a su palabra.


JULIO CORTÁZAR